El misterio de las monedas de Canarias: descubren que el 'perro' de Gran Canaria es un resello del siglo XVI



El dinero es, en última instancia, una ficción que intenta enmascarar la brutalidad del intercambio biológico. En las Canarias del siglo XVI, esta ficción colapsó ante la geografía y el aislamiento, reduciendo la existencia a una mecánica de subsistencia donde el metal escaseaba tanto como la esperanza. Los cuerpos de los isleños, desgastados por el basalto y la sal, necesitaban un fetiche mineral para validar su esfuerzo; ante la ausencia de oro castellano, se vieron obligados a recurrir a los desechos de cobre de Santo Domingo y Ceuta.

Era una sociedad que, atrapada en un fragmento de roca volcánica, marcaba su calderilla con figuras de perros de presa y hojas de palma, intentando desesperadamente otorgar un valor artificial a una materia orgánica condenada, desde el principio, a la oxidación y al olvido.

La historia económica de Canarias se ha escrito tradicionalmente sobre la precariedad y la falta de moneda menuda. Este escenario de escasez obligó a las autoridades y a particulares a intervenir el circulante extranjero mediante resellos, marcas físicas grabadas sobre el metal para validar su uso local. En un reciente trabajo publicado en la Revista Numismática Hécate (2025), el investigador Jaime Alberto García González, ADE por la Universidad de La Laguna y MBA por la Universidad Europea de Canarias, ha revelado el hallazgo de piezas clave que cambian la cronología de uno de los misterios más persistentes de la numismática insular: el resello del "cánido" o "león" de Gran Canaria.

Hasta hace muy poco, la ciencia barajaba dos hipótesis sobre una extraña marca que representaba a un animal de cuatro patas dentro de un cartucho rectangular. La primera, sostenida por el investigador Santiago Medina Gil en 2022, sugería que podría tratarse de una falsificación de época datada en 1734, intentando imitar el león de las famosas monedas 'Bambas'. Sin embargo, el análisis de García González durante el año 2024 sobre dos piezas inéditas ha desmontado esta teoría.

La prueba definitiva apareció en un ejemplar donde la conocida "hoja de palma" (un resello grancanario datado entre 1578 y 1625) aparece estampada directamente encima de la figura del animal. Este detalle técnico es crucial: para que la palma esté encima, el animal tuvo que grabarse antes. Con este dato, García González sitúa la creación de este resello en un nuevo rango temporal preliminar entre los años 1560 y 1577, invalidando la conexión con las falsificaciones del siglo XVIII.

Uno de los aspectos más curiosos del estudio es la mutación iconográfica del animal. Las primeras piezas presentan una figura tosca y abstracta que recuerda a un león rampante, símbolo del poder real que los herreros locales probablemente nunca habían visto en persona.

No obstante, la investigación de García González propone que el diseño evolucionó hacia una posición "pasante", inspirándose en los perros de presa que ya en el siglo XVI eran un símbolo de fuerza y vigilancia en Gran Canaria. El autor rescata documentos históricos del 5 de febrero de 1526, donde las autoridades locales ordenaban el exterminio de perros de presa por daños al ganado, permitiendo solo la supervivencia de una pareja para los carniceros.

Esta familiaridad con el cánido habría llevado a los grabadores a modificar el punzón, dotándolo de una cabeza ancha, orejas rectas en atención y una cola larga inclinada sobre el lomo, características visibles en los ejemplares de la colección particular analizados por el investigador.

Las piezas que portan estas marcas son 'Cuartos' (4 maravedís) y, por primera vez documentado en Canarias, un ejemplar de 2 maravedís, todos acuñados en la ceca de Santo Domingo entre 1542 y 1555 a nombre de Juana I y Carlos I. Estas monedas, fabricadas en un cobre casi puro y consideradas de "mala ley" en la Península, llegaron masivamente a los puertos canarios para paliar la falta de cambio.

García González destaca que este hallazgo no solo pone en valor un patrimonio antes ignorado, sino que conecta la numismática con la arqueología moderna, como los restos encontrados en el cementerio de esclavos de la Finca de Clavijo en Santa María de Guía, donde aparecieron monedas con resellos similares. La investigación concluye que el resello del cánido es una marca "genuina y propia" de Gran Canaria, utilizada para validar el dinero y evitar que la escasa masa monetaria abandonara el territorio insular.

Este sistema de resellos fue la respuesta a una precariedad que comenzó justo después de la Conquista. Ante el alto coste de traer especialistas y la ausencia de minas, el Reino de Castilla optó por implantar los "ceutíes", pequeñas piezas de cobre de origen portugués que se intercambiaban con reales castellanos desde aproximadamente 1450.

A juicio de Santiago M. Medina Gil, autoridad investigadora de las islas con mayor número de documentos de uso académico sobre este asunto en las islas, "no son escasas las referencias en escritos, desde finales del siglo XV, de las peculiaridades del circulante de las, en aquel entonces, recién conquistadas Islas Canarias, archipiélago que se mantuvo irreductible hasta 1496".

A su juicio, "entre sus principales características destacaban el premio con el que se dotó a los distintos valores en uso, a fin de facilitar su aporte a las islas, y la escasez perpetua de circulante, que propició la llegada de monedas de las más diversas procedencias, destacando sobremanera las piezas de origen luso, especialmente los ceutíes, que coparon el mercado insular, generando una profunda crisis, al convertirse en el perfecto instrumento que favorecía la saca generalizada de los valores acuñados en metales nobles".

El investigador Eduardo Almenara, junto a Ana Rosa Pérez y Candelaria Martín del Río, detalla en su obra Numismata Canariarum cómo estas piezas se convirtieron en la "moneda de los pobres".El hallazgo más antiguo de un ceutí se localizó en Los Silos (Tenerife), y otros depósitos importantes de unas 50 piezas aparecieron en la Iglesia de La Concepción de Santa Cruz de Tenerife.

La situación de caos monetario —donde convivían monedas de los Reyes Católicos con piezas de México y Santo Domingo— solo terminó con la llegada de Carlos III. En 1774, el monarca impuso una homogeneización con una emisión especial de maravedís para las islas, una medida recibida con alborozo que acabó condenando al olvido a la antigua y deteriorada "moneda canaria".





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