La historia de las 'rochunas': el fraude de la moneda del Imperio español que se castigó con ejecuciones



El real de a ocho fue, en su tiempo, la moneda de referencia global, “el dólar de la época”. Así lo explica el historiador de la asociación de historiadores de Catalunya Antoni Capmany, Òscar Uceda. Esta moneda de plata controlaba entre el 50% y el 70% del mercado internacional, y su fiabilidad era clave. Se basaba en una legislación de los Reyes Católicos de 1497 que exigía que cada pieza de una onza (unos 27 gramos) contuviera un 93% de plata pura.

La inyección de plata desde América a través de esta moneda facilitó “la revolución comercial de la Edad Moderna”, ya que tanto Europa como Asia dependían de ella para sus transacciones. España controlaba la mayor parte de este flujo, lo que confería al real de a ocho una estabilidad y confianza únicas en los mercados.

Real de a ocho acuñado en Colombia

Sin embargo, esta confianza se vio amenazada por un caso de corrupción masiva en torno a las conocidas como ‘rochunas’. Se trataba de una partida de 30 millones de monedas acuñadas en la ceca de Potosí (Perú), una zona con minas de plata de una riqueza extraordinaria. Estas monedas, de tipo macuquino, se fabricaban de forma tosca, con un simple martillazo sobre la pieza de plata, pero eran muy cotizadas por su valor intrínseco.

El escándalo fue destapado por el empresario Francisco Jiménez de la Rocha, quien tras enriquecerse y llegar a ser alcalde, vio una oportunidad de negocio ilícito. Según Uceda, De la Rocha “sobornó a toda la gente que trabajaba en la fábrica de la moneda” para alterar la composición de las piezas. La idea era simple, como relata el historiador: “En vez de 93 gramos de plata pura, pónganme una miqueta de morralla en el metal, y el resto me lo quedo yo”.

Como resultado de esta trama, comenzaron a salir al mercado partidas enteras de monedas falsificadas, hasta alcanzar la cifra de 38.016.000 pesos que valían mucho menos de lo que se suponía. Estas piezas no contenían la plata requerida, lo que suponía un fraude a escala internacional.

Real de a ocho de la época de los reyes católicos

La estafa fue detectada gracias a los sistemas de control de la Corona en Madrid. Un ensayador real, Nestares Marín, comprobó que las monedas procedentes de Potosí “llevaban una cantidad de ferralla impresionante” y que su pureza apenas alcanzaba el 70%. Las piezas fraudulentas pudieron ser identificadas gracias a que llevaban los monogramas de los supervisores teóricamente responsables de su calidad: ‘FR’ de Felipe Ramírez y ‘Z’ de Zambrano.

El rey reaccionó de inmediato enviando a Nestares a Perú con “poderes absolutos para hacer lo que creyera conveniente”. La decisión de actuar con contundencia se debía a que “era clave mantener la fiabilidad que tenía en el mercado internacional la moneda española”, explica Uceda, para evitar un colapso de la confianza.

Las consecuencias para los implicados fueron drásticas. Felipe Ramírez fue ejecutado. El cerebro de la trama, Francisco Jiménez de la Rocha, intentó sobornar al enviado del rey, pero fue igualmente ajusticiado con garrote vil. Como escarmiento, “su cadáver fue repartido por todo el Perú”.

El otro implicado, Zambrano, fue considerado un “tonto útil” y, aunque se le embargaron todos sus bienes, salvó la vida. La Corona ordenó comunicar el fraude a los mercados internacionales y se esforzó por retirar todas las monedas falsificadas para fundirlas y volver a acuñarlas con la calidad correcta, transmitiendo el mensaje de que la fiabilidad había sido restaurada.

Irónicamente, la drástica medida de destruir las ‘rochunas’ las ha convertido en un objeto de gran valor para los coleccionistas. Según el historiador, las poquísimas piezas que sobrevivieron a la purga y que portan el monograma ‘FR’ de los años 1640 o 1641 están “hoy en día valoradísimas” y pueden alcanzar un precio muy elevado en el mercado.








Fuente: cope.es

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